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En la calle vestido de rata y listo para matar, me dirigía al estanco esperando que el trato de mi dispensadora fuera lo más protocolario posible, ya que mis ganas de mantener una conversación de besugos eran equivalentes a las que tenia de me atropellara un tranvía.
Sonó el móvil, en mi cerebro en fosforescente neón de prostíbulo se encendía la frase “que se joda el mundo”, una voz demasiado festiva para conocer lo que pesa una resaca acompañada de una jornada laboral, me atormentaba… esa voz cantarina y provocadora estaba despertando el Jeckill que tenía dentro, pero cuando estaba a punto en de ensañarme a puñaladas verbales, los dolores de cabeza, junto con los latigazos en el estomago que se convertían en arcadas, hicieron que el conmutador cerebral se me puenteara y me limite a colgar.
Desde aquella perspectiva costaba darle forma a la jornada que quedaba por delante, las ganas empujaban a tumbarse en cama y únicamente moverse en caso de necesidades biológicas irreprimibles, pero me parecía demasiado cobarde, además mi malestar físico no estaba solo, era hora de arrepentirse o no, el alcohol no era una excusa lo suficiente solida y la letra escarlata ya empezaba a quemar en el reverso de mi cuello.
Era increíble ver como aquel fenómeno autodestructivo se extendía dentro de mí, recuerdo que a los diecinueve años nos comíamos el mundo untado en mermelada de perla y al día siguiente compartíamos los recuerdos entre risas, las barreras morales no estaban a nuestro alcance puesto que nadie nos había hablado de su existencia, el que, con quien, donde y porque, eran preguntas absurdas, que a nadie interesaba responder. Sin embargo años después ahora, todo pesaba, cada persona, sitio o motivo era una tonelada más que cargarse a la espalda y cada una de aquellas preguntas tenía una respuesta más dolorosa que la anterior. La mermelada de perla era ahora pan duro untado en un sucedáneo de mierda.
